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El verdadero desafío de modernizar

Verdadero Desafío. República Dominicana está hablando cada vez más del futuro: Inteligencia artificial, interoperabilidad, servicios digitales,.

El verdadero desafío de modernizar

Verdadero Desafío República Dominicana está hablando cada vez más del futuro: Inteligencia artificial, interoperabilidad, servicios digitales, automatización, formación tecnológica e innovación forman parte de una conversación que hace algunos años habría parecido lejana y que hoy comienza a traducirse en iniciativas concretas.

El argumento

El lanzamiento de RD Inteligente, con la meta de capacitar a un millón de dominicanos en inteligencia artificial, y las nuevas oportunidades de formación en áreas tecnológicas son señales de un país que entiende que las capacidades necesarias para competir y desarrollarse están cambiando.

Es una buena noticia, pero también una oportunidad para hacernos una pregunta que va más allá de la tecnología: ¿qué convierte realmente una iniciativa en una transformación? Estamos acostumbrados a medir el cambio a través de aquello que podemos contar: personas capacitadas, plataformas desarrolladas, trámites digitalizados, recursos ejecutados, instituciones conectadas o actividades realizadas.

Contexto

Son indicadores necesarios porque permiten conocer el avance de una iniciativa, pero no siempre explican su impacto.

Una transformación comienza a adquirir verdadero sentido cuando podemos observar qué cambió después de implementar todo eso.

Conclusión

La diferencia parece pequeña, pero es importante.

Una institución puede digitalizar decenas de servicios sin necesariamente transformar la experiencia de las personas.

Puede incorporar una nueva plataforma y mantener procesos que siguen siendo innecesariamente complejos.

Puede capacitar cientos de servidores públicos sin crear posteriormente las condiciones para que utilicen lo aprendido.

Incluso puede disponer de más información que nunca y continuar tomando decisiones exactamente de la misma manera.

Por eso modernizar no debería significar colocar una capa tecnológica sobre estructuras que permanecen intactas.

A veces, transformar implica precisamente lo contrario: detenernos antes de incorporar una nueva herramienta y preguntarnos si aquello que queremos digitalizar todavía tiene sentido.

Este planteamiento ha comenzado a aparecer en la propia conversación sobre modernización del Estado dominicano.

Recientemente, al presentar los avances del país en transformación digital, el ministro de Administración Pública, Sigmund Freund, resumió una idea particularmente relevante: “Digitalizar la burocracia no iba a generar ningún valor”.

El señalamiento estaba relacionado con la necesidad de revisar procesos y eliminar pasos innecesarios antes de llevarlos al entorno digital.

La frase contiene una reflexión que trasciende cualquier plataforma.

Durante mucho tiempo hemos asociado modernización con hacer más: incorporar sistemas, crear programas, desarrollar herramientas o añadir nuevas capacidades.

Sin embargo, las instituciones también pueden modernizarse cuando simplifican, conectan lo que antes funcionaba de manera aislada o dejan de exigir aquello que ya no aporta valor.

Un trámite ofrece un ejemplo sencillo.

Para una institución puede representar un procedimiento administrativo compuesto por departamentos, requisitos, validaciones y responsabilidades diferentes.

Para una persona, en cambio, representa una necesidad que quiere resolver.

Poco le importa cómo está distribuida internamente la responsabilidad; lo que espera es poder completar el proceso de manera comprensible, segura y razonable.

Ahí aparece uno de los cambios más interesantes que puede producir la transformación institucional: dejar de organizar la experiencia de las personas alrededor de la estructura del Estado y comenzar a organizar los servicios alrededor de las necesidades de las personas.

Algunas iniciativas recientes en República Dominicana apuntan precisamente hacia esa dirección.

El país ha avanzado en instrumentos de interoperabilidad y gobernanza de datos destinados a facilitar el intercambio seguro de información entre instituciones, mientras la estrategia de servicios públicos proactivos plantea la posibilidad de anticipar determinados servicios a partir de acontecimientos de la vida de los ciudadanos.

La lógica es relevante porque busca reducir la carga que tradicionalmente recae sobre la persona de trasladar información de una institución a otra.

Esto es mucho más que digitalización.

Es un cambio en la manera de comprender para quién existen los procesos institucionales y, precisamente por eso, también plantea desafíos que ninguna tecnología puede resolver por sí sola.

Las plataformas pueden adquirirse y los procedimientos pueden modificarse, pero transformar una institución requiere personas capaces de cuestionar procesos, liderazgo dispuesto a revisar decisiones, información que permita aprender y equipos que puedan trabajar más allá de los límites de sus propias áreas.

Requiere, además, una cultura institucional que comprenda que cambiar no siempre significa abandonar lo construido; muchas veces significa aprender de ello y hacerlo mejor.

También requiere tiempo.

Vivimos en una época que premia la velocidad y espera resultados casi inmediatos, mientras las transformaciones institucionales importantes suelen necesitar exactamente lo contrario: continuidad.

Hay que probar, medir, identificar aquello que funciona, corregir lo que no y permitir que las nuevas prácticas maduren hasta dejar de depender exclusivamente de quienes las impulsaron.

Quizás por eso deberíamos comenzar a observar el progreso desde otra perspectiva.

Además de preguntarnos cuántas iniciativas comenzaron, podríamos preguntarnos cuántas lograron convertirse en una nueva manera de hacer las cosas.

Además de contar personas capacitadas, podríamos observar cuánto de ese conocimiento está siendo utilizado.

Y además de medir cuántos servicios fueron digitalizados, podríamos conocer cuánto más sencilla se volvió la vida de quien necesita utilizarlos.

La inteligencia artificial vuelve esta conversación todavía más urgente.

Su incorporación puede representar una oportunidad extraordinaria para analizar información, automatizar tareas y ampliar capacidades, pero aprovecharla requiere algo más que anunciar programas de formación.

Las instituciones también necesitan crear condiciones para que sus equipos puedan utilizar estas herramientas de manera segura y responsable.

Esto supone definir protocolos claros, proteger la información sensible, ofrecer acceso institucional a soluciones autorizadas y formar a los servidores públicos no solo para utilizar la inteligencia artificial, sino también para comprender sus límites y riesgos.

En la práctica, todavía existe una tensión comprensible entre innovación y seguridad.

Ante una tecnología que evoluciona tan rápido, algunas organizaciones pueden optar por restringir su utilización mientras desarrollan criterios para gestionarla.

Sin embargo, el desafío está en que la precaución no termine convirtiéndose en una barrera permanente para el aprendizaje.

Una institución difícilmente puede desarrollar capacidades alrededor de una tecnología a la que sus equipos no tienen acceso suficiente para conocer, experimentar y aprender a utilizar responsablemente.

Lo he observado de cerca en entornos institucionales: existe interés por aprovechar la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, dudas legítimas sobre privacidad, seguridad, costos y formas adecuadas de uso.

Esa tensión no debería resolverse simplemente entre permitir o impedir, sino mediante gobernanza.

Establecer herramientas autorizadas, cuentas institucionales cuando sean necesarias, políticas sobre qué información puede procesarse, formación continua y mecanismos de supervisión permitiría pasar de la incertidumbre a una adopción responsable.

República Dominicana tiene hoy una oportunidad interesante.

La conversación sobre inteligencia artificial, interoperabilidad y servicios digitales puede llevarnos mucho más lejos que la adopción de nuevas tecnologías si conseguimos utilizarla para revisar cómo funcionan nuestras instituciones, cómo aprenden y, especialmente, cómo responden a las necesidades de las personas.

El verdadero desafío de modernizar no consiste entonces en incorporar cada nueva tecnología que aparece, sino en desarrollar instituciones capaces de comprenderla, gobernarla y utilizarla con criterio.

Porque la transformación no ocurre cuando una organización tiene acceso a mejores herramientas, sino cuando sus personas tienen las capacidades, las reglas y el espacio necesario para convertirlas en mejores decisiones y mejores servicios.

La tecnología puede acelerar una institución.

El verdadero progreso comienza cuando también aumenta su capacidad para aprender.

Especialista en Estrategia Integral de Comunicación, Reputación y Capital de Confianza.

Con información de El Nuevo Diario.

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