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2026: cuando el desorden mundial muestra su verdadero rostro

2026 Desorden. El año 2026 se perfila como una frontera histórica: el momento en que el orden internacional muestra sus fracturas acumuladas. Las.

Al Sur del País - Opinión

2026 Desorden El año 2026 se perfila como una frontera histórica: el momento en que el orden internacional muestra sus fracturas acumuladas.

El argumento

Las instituciones que durante décadas sostuvieron la gobernanza global evidencian desgaste; los consensos se debilitan; y las naciones comprenden que la estabilidad que muchos creían permanente era una arquitectura sostenida por intereses y voluntades políticas.

El mundo ya no se mueve bajo la confianza plena en la globalización, el libre comercio y el multilateralismo como garantías suficientes para administrar los conflictos entre potencias.

Contexto

La nueva geopolítica está marcada por la desconfianza estratégica y el regreso de la fuerza como lenguaje dominante.

El comercio deja de ser solo intercambio para convertirse en disputa industrial; la tecnología se transforma en instrumento de supremacía; la energía adquiere valor de seguridad nacional; y los datos, chips, sistemas de pago, inteligencia artificial y estándares digitales ocupan el centro real de la competencia global.

Conclusión

Como advirtió el Fondo Monetario Internacional, “tras varias décadas de creciente integración económica global, el mundo enfrenta el riesgo de una fragmentación geoeconómica impulsada por políticas públicas”.

La economía dejó de ser territorio neutral para convertirse en escenario de protección industrial y redefinición del poder mundial.

El multilateralismo no ha desaparecido, pero ha perdido autoridad.

La ONU enfrenta límites visibles para contener guerras y crisis humanitarias; la OMC ya no opera como árbitro incuestionable; y los organismos financieros internacionales actúan bajo presiones de deuda, desigualdad y financiamiento climático.

Las reglas siguen proclamándose, pero su cumplimiento se vuelve desigual cuando chocan con intereses de actores capaces de imponer excepciones.

Por eso resulta pertinente la advertencia del secretario general de la ONU, António Guterres: “No podemos crear un futuro adecuado para nuestros nietos con un sistema construido por nuestros abuelos”.

Las herramientas del siglo XX ya no bastan para gobernar las tensiones del siglo XXI.

En este contexto, la eficiencia ya no basta.

Las cadenas globales de suministro, antes símbolo de integración y productividad, hoy son vistas como fuentes de vulnerabilidad.

Los países buscan resiliencia, autonomía estratégica y control sobre sectores esenciales: alimentos, energía, medicamentos, puertos, semiconductores y manufactura avanzada.

La economía mundial se reorganiza menos alrededor del costo mínimo y más alrededor de la seguridad nacional.

El Munich Security Report 2024 advirtió sobre el riesgo de caer en escenarios de “perder-perder” derivados de la fragmentación del orden global.

La cooperación sigue siendo indispensable, pero los Estados actúan con más cautela y cálculo defensivo.

Para América Latina y el Caribe, el desafío es decisivo: actuar como espectadores periféricos o convertirse en actores con visión estratégica.

La región posee recursos naturales, biodiversidad, ubicación privilegiada, talento humano y potencial energético.

Sin embargo, continúa limitada por improvisación, baja productividad, polarización, debilidad institucional y dependencia externa.

Si actúa dividida, será tratada como zona de influencia; si negocia con inteligencia, puede posicionarse como plataforma de transición energética, seguridad alimentaria, nearshoring, servicios digitales y manufactura avanzada.

La República Dominicana debe leer este momento con lucidez.

Como economía abierta, turística, logística y comercial, cada tensión global impacta puertos, aduanas, zonas francas, energía, exportaciones, importaciones, migración y seguridad.

La política exterior dominicana debe dejar de ser ejercicio protocolar para convertirse en instrumento de desarrollo, defensa nacional y posicionamiento estratégico.

Cada embajada debe operar como antena de inteligencia económica; cada puerto como infraestructura crítica; cada zona franca como plataforma de valor agregado; y cada política educativa como inversión en soberanía productiva.

En esa perspectiva, Meta RD 2036 introduce ambición, planificación y sentido de dirección.

Pero solo será transformadora si no se limita a duplicar el Producto Interno Bruto, sino que contribuye a duplicar capacidades nacionales: productividad, educación, tecnología, energía, logística, diplomacia económica e innovación.

El presidente Luis Abinader lo expresó con claridad en su rendición de cuentas del 27 de febrero de 2026: “Hoy no basta con crecer, hoy el reto es cómo crecemos y para quién crecemos”.

Esa definición coloca el desarrollo dominicano en su verdadera dimensión: no se trata solo de expandir cifras macroeconómicas, sino de construir una economía más productiva, inclusiva y competitiva.

El desafío no consiste únicamente en crecer más, sino en crecer mejor.

En palabras del propio Abinader, “Meta RD 2036 no es un plan para el futuro lejano.

Es una estrategia que ya está en ejecución”.

Esa afirmación compromete al país con una agenda que no puede depender de coyunturas ni ciclos electorales.

La soberanía moderna ya no se mide solo por símbolos patrios o fronteras formales.

Se mide por resiliencia institucional, capacidad productiva, autonomía tecnológica, formación de talento y poder de negociación internacional.

La geopolítica del siglo XXI no esperará a los rezagados: cada nación deberá escoger entre reaccionar tarde o construir, con visión de Estado, su lugar en la nueva historia mundial.

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Con información de Listín Diario.

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