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Alofoke Cayó No es para nosotros una novedad que el nombrado Santiago Matías, alias Alofoke, ya no juegue solamente con la idea de influir en las elecciones de 2028.
Contexto
Ahora, en su particular jerigonza, anuncia la formación de un proyecto político y expresa pretensiones que buscan colocarlo dentro del escenario electoral.
A muchos aquello pudo parecerles una provocación más —decir que con “este dedo” escogería al próximo presidente—; hoy entendemos que el asunto merece ser observado con mayor seriedad.
Detalles
En cuatro artículos publicados en Acento bajo el título Alofoke como sistema en la vida pública dominicana , entre diciembre de 2025 y enero de 2026, sostuvimos que Santiago Matías no es el culpable de la vulgaridad, la banalización cultural ni el deterioro del debate público dominicano.
Sería demasiado cómodo cargar sobre una sola persona males incubados durante décadas.
Reacciones
Pero resultaría igualmente simplista presentarlo como víctima de las élites o producto de una juventud que no encuentra representación en la política tradicional.
Ambas interpretaciones nos parecen unilaterales.
Nuestra tesis es que Alofoke es consecuencia, pero también un importante acelerador del fenómeno de la degradación social que sufrimos en este país.
Convengamos en que constituye uno de los productos más odiosos de una cultura pública prostituida y, al mismo tiempo, una poderosa maquinaria propagandística —que no intelectual— para reproducirla, legitimarla y convertirla en mercancía, influencia y poder.
El problema no es que un hombre procedente del entretenimiento —con excesiva frecuencia desbordando las fronteras de la decencia— aspire a la Presidencia.
En democracia tiene derecho a intentarlo si reúne las condiciones legales.
Sería igualmente inaceptable juzgarlo por su origen social cuando el verdadero problema comienza cuando una sociedad confunde capacidad para captar atención con capacidad para gobernar, seguidores con ciudadanos, notoriedad con liderazgo y éxito comercial con aptitud para conducir el Estado. ¿Estamos ahora compelidos a aceptar que la viralidad en las redes sociales equivale también a legitimidad política? Los partidos tradicionales serían una vez más hipócritas si contemplaran este fenómeno como algo extraño, como si hubiese aterrizado desde otro planeta, cuando no pocos personajes de similar factura han tocado tierra en el Congreso Nacional y otros organismos estatales gracias al apoyo de esas mismas organizaciones.
Durante décadas esas estructuras han contribuido a degradar la política hasta convertirla en mercado de empleos, favores, contratos y lealtades compradas; una peculiar versión dominicana de aquel mercado político que Schumpeter asociaba a la competencia por los votos.
Sustituyeron formación política por mercadeo electoral, programas por consignas, militancia por clientelas y debates de ideas por competencias de popularidad. ¿Por qué debería sorprendernos entonces que una parte de la ciudadanía termine convencida de que entre la política tradicional y el espectáculo existe cada vez menos distancia? El desvanecimiento de la diferencia ocurre cuando el mérito pierde frente a la cercanía, la Administración pública sirve como recompensa partidaria y la corrupción encuentra refugio en la impunidad. ¡No fue Alofoke quien inventó esa desafección: la encontró disponible! Este nuevo líder de la vulgaridad, el ruido y la vacuidad afirmó en una ocasión que ciertas organizaciones políticas le habrían ofrecido candidaturas.
Si los propios partidos están dispuestos a sustituir liderazgo, trayectoria, formación y programa por alguien capaz de aportar unos miles de votos, ¿podemos seguir considerando que el fenómeno está fuera del sistema o debemos admitir que es también consecuencia de sus deformaciones? Estamos viviendo la etapa en que el clientelismo tradicional descubre su versión digital.
Si antes se conquistaban lealtades mediante empleos, funditas, ayudas o promesas particulares, hoy también pueden conquistarse mediante exposición permanente, entretenimiento e identificación emocional.
Cambia el instrumento, pero permanece la vieja lógica de convertir al ciudadano en audiencia o clientela. ¿Qué hacer? No estamos de acuerdo con la censura desmedida ni con los intentos de impedir su participación política; tampoco creemos válido insultar a quienes lo siguen ni atribuir automáticamente su popularidad a la ignorancia o a una supuesta inferioridad social.
Somos de la convicción de que lejos de neutralizarlo, esos recursos antidemocráticos podrían fortalecerlo.
El camino es otro: reconstruir las defensas que nuestra democracia ha debilitado, intentar que los partidos recuperen formación política, democracia interna, selección exigente de candidatos y programas serios.
El Estado necesita una Administración profesional y menos dependiente de recomendaciones partidarias, asegurando que la violación de las leyes produzca consecuencias. ¿Y la escuela? ¿Está en capacidad de enseñar ciudadanía y pensamiento crítico? ¿Puede ayudar a nuestros jóvenes a distinguir entre lo verdaderamente valioso y aquello que simplemente ha logrado hacerse visible? ¿Pueden los medios declararse inocentes mientras convierten cada provocación en noticia porque genera clics? ¿Están las universidades, organizaciones sociales y periodistas sometiendo a todo aspirante presidencial —Alofoke incluido— a investigaciones serias de su pasado y a preguntas serias sobre los grandes problemas nacionales? No se trata de destruir al personaje, sino de desmontar las condiciones que pueden convertirlo en una alternativa plausible de poder.
Es que Alofoke no cayó del cielo.
Lo produjo también un sistema que durante mucho tiempo confundió política con reparto, liderazgo con propaganda y ciudadanía con clientela.
Dejar intacta esa fábrica significaría aceptar que mañana pueda producir otro fenómeno semejante, quizá más eficaz y mucho más peligroso.
Que Alofoke llegue a colocarse entre los punteros en 2028 no debería sorprender a quienes hoy se oponen con razón a esa potencial desvergüenza.
Con nuestros votos, nuestras omisiones y también nuestros silencios, en medio de transformaciones tecnológicas que han cambiado profundamente la manera de informar, persuadir y movilizar, hemos contribuido a fabricar esa candidatura.
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Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales.
Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.
Con información de Z Digital.

