Escuchar el artículo
Decidir Tiempo Una de las decisiones más difíciles de la vida es reconocer cuándo ha llegado el momento de decir: hasta aquí.
El argumento
Nos enseñaron a luchar, resistir, perdonar, esperar y conceder nuevas oportunidades, y ciertamente todas esas virtudes tienen un enorme valor.
Sin embargo, pocas veces nos enseñaron que también existe sabiduría en saber cuándo detenernos, cuándo establecer límites y cuándo tomar una decisión antes de que aquello que hoy parece soportable termine convertido mañana en una tragedia.
Contexto
Hay decisiones que, tomadas a tiempo, evitan años de sufrimiento.
El problema es que muchas personas esperan demasiado.
Conclusión
Esperan que cambie lo que lleva años empeorando.
Esperan que desaparezca por sí sola una conducta que se ha convertido en costumbre.
Esperan que el tiempo sane lo que cada día continúa siendo herido.
Y mientras esperan, el resentimiento crece silenciosamente hasta convertir el hogar, que debía ser refugio, en un lugar de tensión permanente.
Esto es particularmente delicado dentro del matrimonio.
Las relaciones conyugales no suelen destruirse de un día para otro.
Muchas comienzan a deteriorarse mediante pequeñas faltas de respeto que fueron toleradas, palabras ofensivas que no encontraron límites, acusaciones sin fundamento que se repitieron, humillaciones que fueron justificadas como momentos de enojo y expresiones hirientes que después pretendieron resolverse con un simple «perdóname».
Pero hay palabras que después de pronunciadas no pueden recogerse.
La Biblia nos enseña: «La muerte y la vida están en poder de la lengua» (Proverbios 18:21).
Esta declaración bíblica adquiere una dimensión extraordinaria cuando se aplica al matrimonio.
La lengua puede levantar a la persona que amamos, pero también puede destruirla.
Puede fortalecer su dignidad o despedazarla.
Puede convertir la casa en refugio o transformarla en un campo de batalla.
Santiago utiliza una imagen impresionante cuando compara la lengua con una pequeña chispa capaz de incendiar un bosque entero: «¡He aquí, cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!» (Santiago 3:5).
El problema nunca es solamente la palabra pronunciada.
Es el incendio emocional que puede comenzar después de ella.
Una acusación falsa puede durar cinco segundos en ser pronunciada y permanecer cincuenta años en la memoria.
Una humillación puede expresarse durante un momento de ira, pero quien la recibió puede escucharla nuevamente dentro de su mente durante el resto de su vida.
Por eso considero equivocada la idea de que todo lo dicho durante una discusión desaparece automáticamente cuando posteriormente se presentan excusas.
Pedir perdón es necesario y constituye un acto de humildad.
Perdonar también es un principio fundamental de la vida cristiana.
Pero perdonar no significa que la memoria desaparezca, ni que las consecuencias emocionales de determinadas palabras dejen automáticamente de existir.
Hay cosas cuya mejor solución habría sido nunca haberlas dicho.
Podemos arrepentirnos de una palabra, pero no podemos hacer que jamás haya sido pronunciada.
Podemos pedir perdón por una acusación, pero no siempre podemos borrar la imagen que esa acusación produjo.
Podemos lamentar una humillación, pero quizá nunca podremos devolver completamente a la otra persona la seguridad emocional que tenía antes de recibirla.
Por eso las parejas deben aprender algo fundamental: el matrimonio no concede licencia para destruir emocionalmente al cónyuge.
Casarse con alguien no otorga derecho a insultarlo.
La confianza no autoriza la humillación.
La intimidad no concede permiso para utilizar las debilidades conocidas del otro como armas durante una discusión.
Y mucho menos puede el amor convertirse en justificación para soportar indefinidamente aquello que está destruyendo la dignidad personal.
Jesús enseñó un principio extraordinario: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34).
Las palabras repetidamente ofensivas pueden revelar problemas mucho más profundos que una simple dificultad de comunicación.
Cuando el desprecio, la humillación, las acusaciones infundadas y el lenguaje destructivo se convierten en patrones, ya no estamos simplemente frente a una mala conversación.
Estamos frente a una relación que necesita intervención y límites serios.
Aquí aparece la importancia de tomar decisiones a tiempo.
No estoy diciendo que un matrimonio deba terminar por una discusión.
Dos personas imperfectas inevitablemente tendrán desacuerdos.
Habrá diferencias, momentos difíciles e incluso palabras de las cuales alguien tendrá que arrepentirse.
El matrimonio requiere paciencia, perdón, comunicación, consejería y disposición genuina para cambiar.
Pero una cosa es un error y otra muy diferente es un patrón.
Cuando una conducta ofensiva se repite después de múltiples conversaciones, cuando las disculpas se convierten simplemente en pausas entre una ofensa y la siguiente, cuando desaparece el respeto y la relación comienza a producir miedo, angustia o permanente destrucción emocional, entonces llega un momento en que no tomar una decisión también constituye una decisión.
Existen personas que permanecen durante años dentro de relaciones profundamente deterioradas porque temen tomar una determinación.
Algunas piensan en los hijos, otras en la opinión de familiares, amigos o iglesias; otras recuerdan los años compartidos y sienten que alejarse significaría perder todo lo construido.
Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿cuánto puede costarnos continuar cuando continuar significa destruirnos? Hay problemas que deben enfrentarse cuando todavía son pequeños.
Lo que hoy es una palabra ofensiva mañana puede convertirse en desprecio habitual.
Lo que hoy es una acusación puede transformarse en persecución emocional.
Lo que hoy parece una discusión puede escalar hacia situaciones mucho más graves.
Y cuando existen amenazas, violencia o peligro real, la protección de la integridad física debe ser prioritaria.
Muchas veces la gente ofende como reflejo de frustraciones recibidas de su pasado y las traspolan y responsabilizan de ellas a personas que nada tienen que ver con esas frustraciones.
La reconciliación es hermosa cuando existen arrepentimiento verdadero y cambios comprobables.
Pero reconciliación no significa regresar indefinidamente al mismo ciclo esperando resultados diferentes.
El verdadero arrepentimiento no consiste únicamente en decir «perdóname».
También implica modificar la conducta que produjo el daño.
Una relación saludable necesita respeto.
Cuando el respeto desaparece, el amor comienza a asfixiarse.
Cuando la dignidad es atacada constantemente, la convivencia pierde su propósito.
Y cuando cada conversación se convierte en una oportunidad para herir, probablemente ha llegado el momento de establecer límites que antes no fueron establecidos.
A veces esos límites significarán buscar ayuda profesional o pastoral.
Otras veces requerirán distancia temporal.
Y existen circunstancias graves en las que una separación puede ser necesaria para impedir que el deterioro continúe profundizándose.
No todas las historias son iguales, por eso decisiones de esta magnitud requieren prudencia, reflexión y, cuando corresponda, asesoramiento competente.
Pero jamás debemos confundir paciencia con permitir nuestra destrucción.
La Biblia nos enseña: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:18).
Me llama profundamente la atención la expresión: «si es posible».
Hay relaciones donde una sola persona no puede producir la paz que requiere la voluntad de dos.
Con los años he comprendido que la vida es demasiado breve para vivir permanentemente en guerra.
Llegamos a una etapa de nuestra existencia en la que comenzamos a mirar las cosas de manera diferente.
Aquello que antes tolerábamos para evitar conflictos comienza a parecernos demasiado costoso.
Descubrimos que no todas las batallas merecen ser peleadas, que no todas las provocaciones necesitan respuesta y que no debemos permanecer en todos los lugares donde alguna vez fuimos felices.
Hay momentos en que debemos escoger nuestra paz.
No hablo de egoísmo.
Hablo de preservar la dignidad, la serenidad y el tiempo que Dios todavía nos permite vivir.
Porque después de determinados años uno comprende que acumular cosas importa menos, impresionar personas importa menos y ganar discusiones importa menos.
Por eso, en la etapa de mi vida en la que estoy, prefiero paz que felicidad.
Porque la felicidad puede depender de momentos, personas y circunstancias.
La paz, en cambio, es ese estado interior que nos permite acostarnos sin guerras pendientes dentro del alma.
Podemos experimentar felicidad durante unas horas y regresar después a una casa llena de tensión.
Pero cuando encontramos paz, hemos encontrado algo cuyo valor difícilmente puede medirse.
Hay decisiones dolorosas que producen paz, mientras existen indecisiones aparentemente cómodas que prolongan el sufrimiento.
No toda decisión difícil es equivocada simplemente porque duele.
A veces cerrar una puerta duele.
Establecer un límite duele.
Alejarse duele.
Reconocer que algo cambió duele.
Aceptar que determinadas heridas dejaron consecuencias también duele.
Sin embargo, puede doler mucho más permanecer durante años en una situación que cada día destruye una parte de nosotros.
El tiempo es uno de los recursos que jamás podremos recuperar.
Podemos recuperar dinero, propiedades, posiciones e incluso relaciones.
Pero ningún ser humano puede regresar al pasado y recuperar veinte años consumidos por una decisión que nunca se atrevió a tomar.
Por eso debemos aprender a decidir a tiempo.
Hablar a tiempo.
Corregir a tiempo.
Buscar ayuda a tiempo.
Establecer límites a tiempo.
Perdonar cuando corresponda.
Reconciliarnos cuando exista verdadero cambio.
Y cuando las circunstancias graves así lo exijan, saber tomar distancia antes de que una situación destructiva termine convirtiéndose en algo peor.
La sabiduría no consiste solamente en saber qué hacer.
También consiste en saber cuándo hacerlo.
Porque existen decisiones que pueden esperar hasta mañana.
Pero existen otras que, si no se toman hoy, quizá mañana lleguen demasiado tarde.
Y entre conservar las apariencias mientras el alma se destruye y proteger la paz que todavía nos queda, he aprendido algo que hoy puedo expresar sin temor: Hay momentos de la vida en los que escoger la paz también es una decisión.
Con información de El Nuevo Diario.

