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Filtro Vida Alguien me preguntó recientemente por qué ahora soy más selectivo cuando se trata de admitir nuevas personas en mi círculo de amistades, tanto en el mundo real como en el virtual. ¿La razón? Desde el pasado mes de julio he comprendido que no se trata de cantidad, sino de calidad.
El argumento
En ese mes me pasó lo que el amigo y asiduo lector de estas miradas dominicales por el retrovisor, Juan Arias, me dice cuando me envía canciones de Joan Manuel asociadas a los temas tratados: “Serrat siempre Serrat”.
El cantautor español parece tener un tema musical para cada estampa de la vida.
Contexto
Yo diría entonces: “Julio, ese julio”, por los cambios experimentados en ese mes siete con tan marcada influencia en mi existir.
En el ciberespacio sin dudas soy todavía más reticente con respecto a lo expuesto al principio, especialmente cuando me llegan las notificaciones: “Has recibido una solicitud de amistad de…”, “Persona que quizás conozcas”, “… comenzó a seguirte”.
Conclusión
El motivo es que en redes sociales y otras plataformas digitales se muestra una vida tan ficticia que resulta casi imposible detectar quiénes realmente están detrás de los perfiles.
Todo comienza con el filtro aplicado a las fotografías.
Se ocultan arrugas, canas, secuelas del acné juvenil, una profusa barriga, celulitis, en fin, cualquier rasgo que exponga el paso de los años o detalles que los seres humanos consideran “defectos”.
Pasa con frecuencia que te encandilan determinados perfiles que encuentras en redes sociales, pero muchas veces suele suceder como esas películas en que te entusiasmas con el tráiler, pero te decepcionas al verla completa.
La gente muestra viajes, comidas y bebidas exquisitas, sus avances en el gimnasio, constante éxito profesional y personal, emotivos encuentros familiares y reflexiones motivadoras.
Pero es como la obra de teatro donde finalmente no aprecias los yerros cometidos durante los ensayos.
La vida, sin dudas, se perfecciona en las tablas del escenario virtual.
Los “likes”, “views”, “compartido” y la tan ansiada validación que disparan la dopamina se convierten en una valorada recompensa que debe alimentarse una y otra vez.
Así las personas caen en un círculo vicioso del que resulta tan difícil sustraerse.
Si quienes “siguen” terminan también enganchados, se convierten en fieles y asiduos espectadores de quienes no dejan pasar la más mínima oportunidad para brillar.
Eso incluye los fracasos de figuras públicas que también vendieron vidas en redes sociales totalmente filtradas.
En realidad, el carácter de las personas se forja en medio de procesos que, con pocas excepciones, se ocultan en el recuadro de las pantallas electrónicas.
EXTERNA Pasó la semana pasada cuando salieron a la luz detalles de que no era tan idílica la relación online entre una comunicadora y un exjugador de Grandes Ligas.
En el mundo real la vida es muy distinta a como se maquilla en el virtual.
Hay enfados, enfermedades, bajones emocionales, crisis matrimoniales, traiciones, mentiras, fracasos laborales, decisiones torpes, malas calificaciones en la universidad y fotografías poco atractivas que nunca se comparten.
Las realidades que no venden ni generan aceptación en el ciberespacio.
La semana pasada una amiga me confesó que le chocó ver a una persona que comenzó a conocer vendiéndose como la pareja perfecta.
Quizás ese es el perfil que esa persona muestra en sus redes sociales.
Pero cuando en el mundo real los caracteres y personalidades finalmente se contraponen, terminamos descubriendo que no todo es color de rosa ni la vida tan hermosa, como reza un estribillo de esa canción que interpretó tan magistralmente el merenguero Rubby Pérez hasta en la madrugada de aquel fatídico 8 de abril de 2025 en la discoteca Jet Set.
Dos contenidos que encajan en esta reflexión me llegaron la semana pasada por casualidad.
Una es que nos quejamos por comportamientos de personas de nuestro entorno y hasta nos esforzamos por lograr cambios en ellas, pero olvidamos que nosotros mismos decidimos quiénes forman parte de nuestro círculo más cercano.
Los cambios están en nuestras manos.
La otra fue de una persona que al experimentar un gran dolor descubrió que gran parte de su vida había confundido el afecto con la necesidad de complacer.
En ese momento percibió que, conservar a los demás cerca, sólo dependería de si daban tanto como ella.
Se había perdido a sí misma poniendo las necesidades de los demás por encima de las suyas y, cuando comenzó a priorizarse, notó que muchas personas se alejaron y otras terminaron despareciendo para siempre de su vida.
En realidad, el carácter de las personas se forja en medio de procesos que, con pocas excepciones, se ocultan en el recuadro de las pantallas electrónicas.
Palpé eso precisamente en julio –otra vez ese pasado mes- cuando acudí al cine a ver la película “Odisea”, del director Christopher Nolan y protagonizada por Matt Damon.
El filme, basado en el poema griego homónimo de Homero, narra el largo y peligroso viaje de regreso a su casa de Odiseo, rey de Ítaca, luego de terminar la guerra de Troya. “Serrat siempre Serrat”, Joan Manuel también interpreta un tema musical basado en ese regreso de Odiseo a su casa para reunirse con su esposa Penélope, personaje interpretado por la actriz Anne Hathaway.
Un detalle que me encantó de la película fue ver que Odiseo vivió todo el proceso que implicó su retorno a casa, sin sucumbir al escapismo y a los cantos de sirena que tanto nos recetan en las redes sociales para sustraernos de la realidad.
Odiseo enfrentó el dolor, sufrimiento, tormentas, monstruos y hasta a los dioses que entorpecieron su regreso a Ítaca, adonde llegó física y emocionalmente transformado.
El hombre que salió de la cruenta guerra en Troya no fue el mismo que se reencontró con la fiel esposa y el hogar anhelado.
Odiseo logró también en el trayecto, enfrentando el proceso, conocer su verdadera esencia.
La propia esencia que a veces ignoramos por estar tan centrados en las ajenas, ocultadas por una realidad virtual que nos vende vidas modélicas.
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Con información de Listín Diario.

