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Política Debe Esa manera de hacer política, lejos de fortalecer la democracia, termina debilitándola.
El argumento
La política no debería enseñarnos a odiarnos.
Debería enseñarnos a construir.
Contexto
A debatir con firmeza sin perder el respeto, a defender nuestras posiciones sin convertir al que piensa diferente en un enemigo y a reconocer que también podemos equivocarnos.
Podemos militar en organizaciones distintas y coincidir en lo fundamental.
Conclusión
Podemos tener opiniones encontradas sobre la economía, la educación, la seguridad ciudadana o el papel del Estado, pero todos deberíamos aspirar a una República Dominicana con más oportunidades, instituciones que funcionen y mejores condiciones de vida para nuestra gente.
Podemos discrepar sobre el rumbo sin renunciar a ciertas aspiraciones que deberían unirnos como país.
El problema comienza cuando la militancia se convierte en fanatismo.
Entonces dejamos de analizar las decisiones por sus resultados y comenzamos a juzgarlas por el color del partido que las propone.
Lo que ayer criticábamos lo justificamos si lo hacen los nuestros, y lo que antes defendíamos lo condenamos cuando lo impulsa el contrario.
Esa incoherencia le hace daño al país y termina alejando a la gente de la política.
Tener diferencias políticas es legítimo.
También lo es criticar, fiscalizar y denunciar.
El respeto no puede utilizarse como excusa para guardar silencio frente a la corrupción, la incompetencia o el abuso de poder.
Buscar puntos de encuentro tampoco significa borrar responsabilidades, negociar principios o repartir impunidad.
Una democracia necesita oposición y vigilancia, pero ninguna de las dos requiere odio.
La crítica responsable cuestiona una decisión y presenta razones.
El fanatismo, en cambio, ataca a la persona, le atribuye las peores intenciones y se niega a escucharla.
Esa conducta se ha vuelto demasiado común en los partidos, en los medios de comunicación y, de manera particular, en las redes sociales.
Ya no se discute para comprender o convencer, sino para humillar, provocar aplausos y demostrar quién grita más fuerte.
Hemos llegado al extremo de ver dirigentes cuidarse hasta de un saludo público para que nadie dude de su lealtad partidaria.
A compañeros se les llama traidores por reconocer un acierto ajeno, mientras otros se ven obligados a defender hoy lo mismo que denunciaban ayer.
Esa no es una muestra de lealtad.
Es la renuncia al criterio propio.
Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando.
A una madre que no sabe cómo completar la comida de sus hijos no le interesa quién ganó la última discusión en las redes.
Al joven que termina sus estudios y no encuentra una oportunidad no le resuelve la vida un intercambio de insultos entre dirigentes.
Al pequeño comerciante ahogado por los costos, al agricultor que pierde su cosecha o a la familia que vive entre apagones y falta de agua les importan las soluciones, no el espectáculo político.
Para resolver esos problemas debería servir la política.
Esa es precisamente la razón de ser de los partidos: organizar ideas, representar intereses, formar ciudadanos y preparar personas capaces de servir desde el Estado.
Un partido no puede convertirse en propiedad personal de sus dirigentes ni en una trinchera desde la cual se ataque a todo el que no obedezca.
Tiene que ser una herramienta al servicio de la República Dominicana.
También debemos abandonar la idea de que dialogar es una señal de debilidad.
Sentarse con el adversario no obliga a renunciar a las convicciones ni convierte a nadie en traidor.
Hay problemas nacionales que exigen acuerdos, aunque quienes los alcancen compitan entre sí.
Hay asuntos, desde la educación y la seguridad ciudadana hasta la creación de empleos y el fortalecimiento institucional, que no deberían comenzar de nuevo cada cuatro años.
El país necesita políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos y compromisos capaces de reunir a sectores que no piensan igual, pero reconocen que comparten una misma nación.
Eso exige dirigentes capaces de admitir errores y reconocer aciertos ajenos, junto a militantes que apoyen a su partido sin renunciar a pensar por sí mismos.
Podemos discutir el camino, cuestionar las decisiones y competir con todas nuestras fuerzas.
Pero, después de cada campaña, seguiremos viviendo juntos y enfrentando los mismos problemas.
Los gobiernos cambian, los partidos unas veces ganan y otras pierden.
El país permanece.
También permanecen las heridas que dejamos en la sociedad.
El adversario no tiene que convertirse en enemigo para que una posición política sea firme.
Se puede competir, debatir ideas y defender un proyecto sin renunciar al respeto ni exigirles a los militantes que abandonen su propio criterio.
Podemos pertenecer a partidos distintos y defender proyectos enfrentados, pero ningún interés partidario puede estar por encima del país.
Una política que necesita sembrar odio para ganar quizá conquiste el poder, pero jamás podrá construir una nación.
Con información de El Nuevo Diario.

