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Rafael Belliard Grandes Ligas El campocorto dominicano de 5 pies 6 pulgadas que desafió la física con un estacazo inesperado Rafael Belliard, campocorto dominicano 11.09.2026 | 10:08 11.09.2026 | 10:08 Hurgando en los recuerdos, pescando datos y/o anécdotas que pudieran ser llamativas para los lectores, me topé con una de Rafael Belliard, aquél jugador dominicano que, a pesar de su baja estatura y escaso poder, logró mantenerse en el béisbol de Grandes Ligas durante 17 temporadas.
Resumen de la jornada
Y es que resulta inexplicable que alguien sin estas herramientas, jugando en plena era de los mastodontes, décadas de los 80 y 90, pudiera permanecer en juego.
Este mes se cumplen 29 años de esta historia: Corría 1997 y las Grandes Ligas parecían haber abierto un concurso para determinar quién podía mandar una pelota más lejos.
Claves del partido
Era la época de los cuadrangulares monstruosos, de los bates que parecían herramientas de construcción y de unos cuerpos que, vistos desde las gradas, daban la impresión de haber sido ensamblados en un laboratorio.
En aquel paisaje de gigantes apareció un personaje que parecía pertenecer a otra película.
Declaraciones y análisis
Se llamaba Rafael Belliard.
Era campocorto, medía apenas 5 pies y 6 pulgadas y no precisamente había construido su reputación a fuerza de batazos kilométricos.
Su verdadera especialidad era otra: el guante.
Belliard podía hacer con una pelota lo que un buen cirujano hace con un bisturí: trabajar con precisión, rapidez y sin necesidad de hacer demasiado ruido.
Pero había un pequeño detalle.
El hombre llevaba una eternidad sin sacar una pelota del parque.
Rafael Belliard muestra un bate con su nombre.
Diez años y 1,743 turnos consecutivos sin jonrón.
En otras palabras, encontrar un jonrón de Belliard era casi como encontrar un dominicano que diga que no le gusta el plátano: posible, pero uno quiere pruebas.
Y entonces llegó aquella noche.
La noche en que todo salió mal… para Brian Bohanon 26 de septiembre de 1997.
Shea Stadium, Nueva York.
Los Bravos de Atlanta enfrentaban a los Mets y en el montículo de Nueva York estaba el zurdo Brian Bohanon.
En el segundo episodio había un corredor en circulación y apareció Belliard en el plato.
Probablemente Bohanon miró al dominicano y pensó que tenía frente a él lo que en buen dominicano llamamos: “un cachú”.
Después de todo, aquel no era el hombre que uno esperaba que resolviera un partido a batazos.
Era Belliard.
El especialista del guante.
El hombre que llevaba una década sin poner una pelota detrás de la verja.
Así que vino la recta.
Y vino por el mismo centro.
Quizás demasiado cómoda.
Quizás demasiado confiada.
Quizás el universo simplemente había decidido que ya era hora.
Belliard hizo contacto.
Y aquí comenzó el misterio.
De acuerdo a las crónicas de la época, la pelota salió hacia el jardín izquierdo.
Al principio, aquello parecía un elevado más.
Un batazo rutinario.
Un flycito de esos que uno mira medio segundo y empieza a pensar en el próximo bateador.
Pero la pelota siguió.
Y siguió.
La brisa de Nueva York pareció recibir instrucciones directamente desde Santo Domingo.
La bola continuó avanzando y, cuando todo el mundo esperaba que finalmente cayera en el guante de un jardinero… ¡SE FUE! Por encima de la pared.
Jonrón.
Rafael Belliard había conectado un cuadrangular.
El Shea Stadium acababa de presenciar uno de esos momentos en los que el béisbol decide burlarse de las estadísticas.
En el dugout de los Bravos ocurrió algo maravilloso: durante unos instantes, nadie parecía saber exactamente qué hacer.
Era como si alguien hubiera anunciado que el utilero acababa de ganar el Derby de Jonrones.
Después llegó la celebración.
Los compañeros abrazaron a Belliard, lo golpearon cariñosamente en el casco y probablemente hubo más de uno que quiso revisar el bate. ¿Alguien había cambiado a Belliard por otro jugador durante la pausa? Porque aquello no tenía sentido.
Y mientras sus compañeros celebraban, Belliard recorría las bases con una sonrisa enorme, disfrutando uno de los momentos más insólitos de su carrera.
Era difícil culparlo.
Después de diez años esperando ese instante, tenía todo el derecho del mundo a darle la vuelta al cuadro como si acabara de descubrir petróleo en el jardín izquierdo.
La víctima de la historia tenía nombre y apellido Brian Bohanon, naturalmente, quedó del otro lado de la ecuación.
Hay lanzamientos que desaparecen con el tiempo.
Hay derrotas que se olvidan.
Y hay algunas jugadas que parecen destinadas a perseguir al protagonista para siempre.
Bohanon permitió aquel jonrón después de una larguísima sequía de Belliard.
Y eso, en términos beisboleros, es una de esas cosas que uno preferiría que quedaran fuera del currículo.
Pero tampoco fue un simple cuadrangular.
Fue una pequeña rebelión contra las estadísticas.
En plena época de los bateadores de poder, cuando la pelota parecía estar diseñada para viajar hasta Queens y regresar, un campocorto de 5 pies y 6 pulgadas decidió demostrar que la fuerza bruta no era requisito indispensable para escribir una buena historia.
Belliard no necesitaba jonrones para ser grande.
Y aquí está la verdadera gracia de la historia.
Rafael Belliard no llegó a las Grandes Ligas para ser un bateador de poder.
Llegó porque sabía jugar béisbol.
Su defensa, su inteligencia y su capacidad para resolver situaciones en el terreno fueron las herramientas que le permitieron permanecer durante años en el nivel más exigente del deporte.
Mientras otros hacían temblar los radares con batazos de 450 pies, Belliard hacía temblar a los bateadores con una pelota que parecía imposible de convertir en hit.
Era otro tipo de espectáculo.
Menos ruido.
Más precisión.
Y aquella noche, sin previo aviso, decidió agregarle una página inesperada a su expediente.
Belliard terminó su carrera con solo dos jonrones.
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Con información de El Nacional.



