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Salud Años Han pasado 25 años desde las leyes 42-01 y 87-01.
El argumento
Los logros son reales: aseguramiento casi universal, más infraestructura, más inversión, nuevos actores.
El sistema de salud dominicano de 2026 no se parece al de 2001.
Contexto
Pero un cuarto de siglo es tiempo suficiente para evaluar con honestidad qué funcionó, qué no, y qué debemos cambiar.
La reforma generó crecimiento y generó riqueza.
Conclusión
Eso no es un pecado: la salud necesita capital, innovación y sostenibilidad.
La pregunta incómoda es otra: ¿ese crecimiento produjo valor proporcional para quienes son la razón de ser del sistema, el paciente y el profesional que lo atiende? Los datos dicen que no.
Tenemos afiliación superior al 97%, pero el gasto de bolsillo sigue entre el 25% y más de un tercio del gasto total en salud, muy por encima del 20% que la OPS fija como límite para hablar de protección financiera.
Más de la mitad de ese gasto se va en medicamentos.
Tenemos un modelo contributivo diseñado sobre la nómina formal en un país donde la informalidad se mantiene en 54% y ocho de cada diez empleos nuevos nacen fuera del sistema.
El gasto público en salud no llega al 3% del PIB (6% es lo mínimo recomendado).
Nuestra epidemiología cambió y el catálogo no.
Las enfermedades no transmisibles causan cerca de dos de cada tres muertes en el país: infarto, hipertensión, diabetes.
Son condiciones que se ganan o se pierden en el primer nivel de atención, con diagnóstico temprano y seguimiento longitudinal.
Seguimos pagando complicaciones tardías que costaba una fracción prevenir.
Y tenemos una deuda que casi nadie nombra: emergencias y trauma.
Las cifras nacionales registran entre 2,000 y 3,000 muertes viales al año; la OMS estima una tasa de más del doble, porque cuenta las muertes a 30 días y no solo las que ocurren en la escena.
Esa brecha es, en gran parte, mortalidad hospitalaria que ni medimos ni gestionamos.
Infartos, ictus, sepsis y trauma son enfermedades tiempo-dependientes.
Ambulancias, emergencias y UCI funcionando como islas no constituyen un sistema.
Hacen falta redes regionalizadas, protocolos, registros y medición de resultados.
En el centro de todo esto está el capital humano, y aquí el sistema ha fallado de la manera más visible.
Hemos llegado a una guerra abierta entre médicos y ARS.
Cada lado percibe al otro como amenaza y el paciente queda atrapado en el medio.
Los tarifarios médicos con frecuencia no se cumplen y, cuando se cumplen, están desfasados frente a la inflación, el costo de vida y la complejidad de la medicina actual.
Ser médico son años de universidad, residencia y educación continua, más una responsabilidad profesional y médico-legal importante.
No se puede exigir medicina del siglo XXI pagándola con parámetros de otra época.
Reconozcamos también, que existen prácticas de cobro cuestionables por parte de algunos profesionales.
Deben identificarse, regularse y corregirse.
Pero no confundamos el síntoma con la enfermedad.
Esas distorsiones son la consecuencia predecible de un sistema que permitió acumular riqueza a actores que no asumen la responsabilidad clínica, mientras postergaba durante años a quienes sí la asumen.
Perseguir el síntoma sin tratar la enfermedad no resolverá nada.
Por eso necesitamos una Reforma de Salud 2.0.
No una reforma que preserve los logros y corrija las distorsiones.
Cinco prioridades: Primero, financiamiento ajustado a la economía real: más inversión pública y un mecanismo viable para incorporar al trabajador informal.
Segundo, primer nivel de atención fuerte y catálogo de prestaciones alineado a nuestra epidemiología, con cobertura real de medicamentos esenciales.
Tercero, redes nacionales y regionales para emergencias, trauma y enfermedades tiempo-dependientes, con registros y resultados públicos.
Cuarto, tarifarios médicos actualizados por mecanismos periódicos, transparentes y técnicos que incorporen inflación, complejidad, formación y riesgo.
Quinto, transición hacia modelos de pago por valor, donde se remunere calidad, seguridad y resultados, no solo volumen.
Pero entendamos algo: valor no significa barato.
Recortar costos sacrificando capital humano produce consultas apresuradas, sobrecarga, fuga de talento y deterioro de la calidad.
Eso no crea valor; solo traslada el costo al paciente.
La Reforma 2.0 debe lograr algo más difícil que rediseñar cápitas: convertir la relación adversarial entre médicos y ARS en responsabilidad compartida.
Las ARS son necesarias.
Los médicos son indispensables.
Ninguno debe prosperar a expensas del otro, y mucho menos a expensas del paciente.
Hay que sentar en una misma mesa al Estado, las ARS, los prestadores, las sociedades médicas, la academia y los pacientes, con transparencia total sobre costos, resultados, honorarios e incentivos.
Después de 25 años, no necesitamos un nuevo pacto sanitario que devuelva al centro los dos sine qua non del sistema: el paciente y el profesional que lo atiende.
El paciente merece acceso, seguridad y protección financiera.
El profesional merece condiciones dignas y una remuneración acorde con su preparación, responsabilidad y resultados.
No son intereses contrapuestos; son interdependientes.
Cuando médicos y aseguradoras están en guerra, quien pierde es el paciente.
Y sin pacientes el sistema pierde su razón de ser; pero sin médicos, sencillamente no hay sistema de salud.
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Con información de Listín Diario.

