Opinión

Cuando la designación es para toda la familia

Designación Toda. Hace más de veinte años entré al Ministerio de Relaciones Exteriores sin imaginar que terminaría construyendo una carrera en la.

Cuando la designación es para toda la familia

Designación Toda Hace más de veinte años entré al Ministerio de Relaciones Exteriores sin imaginar que terminaría construyendo una carrera en la diplomacia.

El argumento

A diferencia de muchos colegas que conocí después y que habían soñado desde temprano con representar al país en el exterior, yo fui enamorándome del oficio en la práctica, con el trabajo cotidiano, las responsabilidades y las experiencias que fueron llegando.

Años después llegó mi primera designación fuera del país.

Contexto

Para entonces, Alicia había terminado poco tiempo antes su licenciatura en Hotelería y se encontraba precisamente en esa etapa en la que una carrera profesional comienza a tomar forma.

Cuando decidimos emprender juntos aquella nueva etapa, ella también tuvo que dejar algo atrás.

Conclusión

La designación llevaba mi nombre, pero la decisión nos involucraba a ambos.

Siempre he valorado la disposición con la que Alicia asumió ese cambio.

Sin embargo, también entiendo que no todas las parejas viven una decisión semejante de la misma manera.

Una carrera que apenas comienza, un empleo estable o años construyendo una profesión pueden quedar suspendidos cuando llega una nueva misión.

En muchos destinos, además, la posibilidad de que la pareja de un diplomático pueda incorporarse al mercado laboral está condicionada a la existencia de acuerdos bilaterales específicos que autoricen el empleo de familiares de miembros de las misiones diplomáticas.

Es una de esas realidades de nuestra profesión que rara vez aparece en el documento de designación.

Con el tiempo llegaron nuestros hijos y la vida diplomática adquirió otra dimensión.

Una nueva misión ya no significaba solamente cambiar de oficina, residencia o país.

También implicaba buscar colegios, pensar en actividades, despedir amigos, reorganizar rutinas y acompañar a dos niños que, aunque no habían escogido esta carrera, también participaban de sus movimientos.

Como familia amamos la posibilidad de vivir en otras culturas.

Pocas experiencias resultan tan enriquecedoras como descubrir de cerca otras maneras de pensar, comer, celebrar, relacionarse y comprender el mundo.

Nuestros hijos han crecido rodeados de personas de distintas nacionalidades y con una mirada probablemente más amplia de la que nosotros teníamos a su edad.

Ese privilegio forma parte de las razones por las que valoramos profundamente esta vida.

Pero apreciar lo extraordinario de la experiencia no obliga a ignorar las renuncias que a veces la acompañan.

Durante un período de alternancia, como llamamos en la carrera diplomática a la etapa en que regresamos al país para servir desde la Cancillería antes de una nueva salida al exterior, nuestra familia volvió a República Dominicana.

Aquellos años nos permitieron recuperar algo difícil de sustituir a la distancia.

Nuestros hijos estuvieron cerca de sus abuelos y sus primos, compartieron más con nuestra familia, hicieron sus propios amigos y se acercaron de otra manera a la cultura dominicana.

Incluso aprendieron a hablar cada vez más como dominicanos, con nuestras expresiones, nuestro humor y esa manera tan particular que tenemos de darle vida a una conversación.

Fue también en República Dominicana donde Luis y Jose encontraron la natación.

Lo que comenzó como una actividad terminó convirtiéndose en una parte central de la vida familiar.

Entrenaban de lunes a sábado.

Ellos ponían las horas dentro de la piscina, la disciplina y el cansancio.

Nosotros organizábamos buena parte de nuestra rutina alrededor de entrenamientos y competencias.

El esfuerzo comenzó a producir resultados.

Representando a los Marlins del Club Arroyo Hondo, Jose llegó a ocupar el primer lugar de su categoría a nivel nacional, de acuerdo con sus resultados en competencias nacionales.

Luis también logró situarse entre los primeros cinco de su categoría.

Sin embargo, las posiciones cuentan solo una parte de la historia.

Alrededor de aquella piscina habían construido amistades, disciplina, pertenencia y algo que comenzaba a parecerse a un proyecto propio.

Para mí representaba una nueva oportunidad de servir a mi país.

Para ellos significaba despedirse nuevamente, esta vez no solo de compañeros de colegio y amigos, sino también de un deporte al que habían dedicado años y en el que habían alcanzado un nivel competitivo importante.

Hoy vivimos en la India.

Hasta ahora no hemos podido encontrar para ellos instalaciones y un equipo que les permitan continuar la natación en condiciones competitivas similares a las que tenían en República Dominicana.

La vida, sin embargo, abre otras puertas y actualmente ambos entrenan fútbol, otro deporte que disfrutan y alrededor del cual comienzan a crear nuevas relaciones.

Ahí también aparece otra dimensión de la adaptación.

Luis y Jose hablan inglés, por lo que desde fuera pudiera parecer que el idioma no representa una barrera considerable.

Sin embargo, muchos de sus amigos locales hablan naturalmente entre ellos en hindi.

En algunas conversaciones nuestros hijos nos han expresado la frustración que eso puede generar y cuánto extrañan poder comunicarse espontáneamente en español con sus amigos.

La distancia tampoco se mide solamente en kilómetros.

Entre República Dominicana e India existe una diferencia horaria que en ocasiones convierte algo tan simple como una llamada en una pequeña coordinación.

Cuando aquí termina el día, allá puede estar comenzando.

Cuando sus antiguos amigos tienen tiempo, quizás aquí ya sea hora de dormir.

La literatura utiliza el término “niños de tercera cultura” para referirse a quienes pasan una parte importante de su infancia viviendo fuera del país de origen de sus padres debido, entre otras razones, al trabajo de la familia.

Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Psychology encontró precisamente que su adaptación no depende de un solo elemento.

Las relaciones familiares, el apoyo y la cohesión, pero también las amistades, el idioma, la escuela y la cultura del lugar de destino aparecen entre los factores vinculados a la manera en que estos niños logran integrarse y construir sentido de pertenencia.

Ahí encuentro una conexión sencilla con lo que observo en casa.

Hablar inglés facilita enormemente la adaptación, pero pertenecer es algo más complejo.

También significa poder hacer amigos, entender códigos, encontrar espacios propios y sentir que poco a poco ese nuevo lugar empieza a formar parte de la vida.

Otro estudio publicado en 2023 siguió esta misma línea al analizar a 143 niños y adolescentes de entre 7 y 17 años que se habían trasladado internacionalmente por el trabajo de sus padres.

Los investigadores encontraron una relación entre el estrés percibido, el estrés de adaptación cultural y las dificultades de ajuste, mientras que la resiliencia apareció como un recurso relevante en la relación entre estrés y salud mental.

La palabra resiliencia resulta particularmente apropiada, porque sería injusto contar esta experiencia solamente desde lo que se pierde.

Nuestros hijos han tenido que llegar a entornos donde no conocían a nadie, escuchar idiomas distintos, descubrir nuevos códigos sociales y volver a construir amistades.

Han conocido países y culturas que probablemente marcarán la manera en que mirarán el mundo durante el resto de sus vidas.

Como padres también crecemos con ellos.

Cada destino nos obliga a ampliar la mirada, cuestionar algunas certezas y aprender nuevamente.

Quizás precisamente por eso los momentos difíciles y las oportunidades pueden coexistir sin contradecirse.

Algo parecido ocurre con las parejas.

Mientras el diplomático llega normalmente al nuevo destino con una oficina, funciones definidas, colegas y una estructura profesional que lo espera, quien lo acompaña puede tener que reconstruir su rutina desde un lugar muy diferente.

A veces queda atrás una profesión, otras veces un empleo, una red de amigos o simplemente la independencia que produce tener un proyecto propio.

Esa adaptación tampoco sucede de manera aislada.

Una investigación publicada en el Journal of International Management sobre familias expatriadas encontró que la adaptación del funcionario, su pareja y sus hijos está interrelacionada.

Particularmente interesante resulta que el ajuste de los hijos puede repercutir directamente en la pareja e indirectamente en el propio profesional.

El estudio también encontró una relación positiva entre el apoyo que recibe la familia y la adaptación de sus distintos integrantes.

Aunque una familia expatriada del sector privado no es exactamente igual a una familia diplomática, la conclusión ofrece una reflexión útil: cuando se traslada una persona por razones profesionales, rara vez se traslada solamente una persona.

Esta realidad no pertenece a una cancillería ni a un país particular.

Forma parte de la naturaleza del servicio exterior y de otras profesiones que exigen movilidad internacional.

En conversaciones con colegas de distintas nacionalidades aparecen con frecuencia asuntos similares: los colegios de los hijos, las carreras de las parejas, los padres que van envejeciendo lejos, las amistades que se dejan atrás y el esfuerzo por construir una nueva comunidad en cada destino.

Por eso, continuar fortaleciendo una mirada familiar dentro de la preparación para una misión puede ser una inversión valiosa.

La orientación sobre la cultura del destino, las opciones educativas, la información sobre acuerdos que permitan trabajar a las parejas, las redes entre familias diplomáticas y las herramientas para afrontar los procesos de adaptación pueden complementar la preparación profesional que ya exige representar a un país en el exterior.

No se trata de evitar la movilidad.

La movilidad es parte de la esencia misma de nuestra profesión.

Se trata simplemente de comprender mejor todo lo que se mueve con ella.

Después de más de veinte años en este camino, sigo considerando la vida diplomática una experiencia extraordinariamente enriquecedora.

Nuestra familia ha conocido culturas, construido amistades en distintos lugares y vivido momentos que probablemente nunca habrían ocurrido de otra manera.

Nuestros hijos crecen sabiendo que se puede querer profundamente a República Dominicana y, al mismo tiempo, aprender a apreciar y respetar la tierra que temporalmente nos recibe.

Quizás cada designación contiene, en realidad, dos historias.

Una es la que queda registrada en la carrera del diplomático, con un nuevo país, una responsabilidad y una misión.

La otra queda en las maletas de la familia, en una profesión que espera, en unos abuelos que quedan lejos, en nuevas rutinas, en amigos que se despiden y, algunas veces, en unas medallas que se guardan mientras comienza un nuevo deporte.

En el documento aparece un nombre.

Pero muchas veces es toda una familia la que vuelve a empezar.

El autor es diplomático de carrera y actualmente se desempeña como Primer Secretario de la Embajada de la República Dominicana en la India, con concurrencias en Bangladés, Maldivas, Nepal y Sri Lanka.

Posee más de 20 años de experiencia diplomática y ha representado al país en misiones en Jamaica, Portugal, Colombia y Trinidad y Tobago, donde se desempeñó como Ministro Consejero y Encargado de Negocios a.i.

Es licenciado con honores y cuenta con una Maestría en Diplomacia y Servicio Consular del Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC), así como un MBA de la Escuela Europea de Negocios de Salamanca, España.

También se desempeña como docente universitario y escribe sobre diplomacia, empatía, comunicación y habilidades sociales aplicadas a la vida personal, profesional y al ejercicio diplomático.

Con información de El Nuevo Diario.

Escribe un comentario

Tu dirección de correo no se publica.