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Divina Providencia Tragicomedia | El Nacional Ramón B.
El argumento
Castillo 11.09.2026 | 14:28 11.09.2026 | 14:28 A mediados del siglo pasado, el pueblo dominicano vivió tiempos heroicos durante los cuales combatió y derrocó a la tiranía trujillista, conquistó su libertad e instauró su democracia.
Enfrentó la invasión militar de un poderoso imperio y resistió con firmeza y estoicismo una ilustrada dictadura de doce años.
Contexto
En aquellos tiempos, los partidos políticos escogían de sus filas a los mejores hombres y mujeres para competir por los cargos electivos en las contiendas electorales.
Esos candidatos concentraban a sus seguidores en las plazas públicas para orientarlos y motivarlos a votar en su favor con encendidos discursos y juiciosas proclamas.
Conclusión
Luego, una Junta Central Electoral constituida por ciudadanos serios y capaces (en una ocasión estuvo presidida por un prócer de la República: Ángel María Liz), contaba los votos y proclamaba los ganadores; entonces, de buenas o malas ganas, todos aceptábamos sus decisiones.
Así fluía nuestro desarrollo político.
Luego, llegaron la "globalización" y el "neoliberalismo".
La libertad se convirtió en libertinaje, y la democracia en una tragicomedia.
A partir de entonces, las elecciones se han transformado en pintorescos carnavales en los cuales los candidatos ya no son promotores idóneos de viables y progresistas programas de gobierno, sino graciosos y demagogos personajes de abigarradas comparsas.
Hoy, un enjambre de "partidos políticos" —que según sus conveniencias se juntan o se dispersan— abruma al pueblo con desconcertantes y costosos espectáculos donde las competiciones son entre quienes presentan las ofertas más demagógicas, quienes reparten más dádivas y quienes encabezan las caravanas más ruidosas o llevan los más llamativos disfraces y las mejores caretas.
Pues bien, en ese turbulento ambiente surge del barrio Capotillo un novedoso movimiento "político", pero no de las fecundas entrañas de sus masas trabajadoras, sino de las madrigueras de ese "tigueraje" al que Karl Marx llamara despectivamente "lumpen proletario".
Obviamente, eso surge no como reacción a un estado prolongado de represión (como surgiera el Movimiento Revolucionario 14 de Junio en la heroica Ciudad Nueva), ni como natural mecanismo de defensa de la sociedad frente a un proceso degenerativo (como el que se refleja en las nuevas contiendas electorales).
Surge, como grotesca representación política de ciertos sectores desclasados, auspiciada, según parece, por encumbrados estratos del "bajo mundo", con propósitos hasta ahora desconocidos.
A la vez, esto podría considerarse como un explicable esfuerzo del "tigueraje" barrial en su empeño por ocupar los jugosos puestos que hoy usufructúan políticos que ya se desgastaron y corrompieron al servicio de opulentas élites.
De todos modos, el surgimiento de ese movimiento es un ominoso síntoma de descomposición, no una auspiciosa señal de rectificación, progreso económico o desarrollo social. ¿Qué tan vasta y profunda es esa descomposición? ¿Hasta dónde nos llevará esto?…
No lo sabemos.
Tal vez esa sungencia (surgencia) no pase de ser una efímera y fugitiva burbuja mediática, pero el hecho de que ya uno de los temas centrales de la presente "campaña electoral" sea el de las posibilidades, vicios y virtudes de esa "nueva opción" eso, por sí solo, señala el punto hasta donde los dominicanos hemos descendido en la escala de los valores humanos.
Ello nos obliga a reflexionar serena y profundamente sobre lo que realmente está pasando.
Mientras tanto, cabe la invocación religiosa: ¡Que la divina providencia se apiade de este pueblo! Ramón B.
Castillo
Con información de El Nacional.

