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Querer Hacerlo Durante toda mi vida adulta o de sentido común (no recuerdo ahora cuál llegó primero), pues he escuchado sobre toda la burocracia que rodea el trabajar en una institución del Estado.
El argumento
Aunque las reformas y modernizaciones que se han introducido durante los últimos 30 años pudieron significar mejoría en muchos lugares, persiste el tema de querer y no poder.
Es insólito que, en pleno siglo XXI, donde la tecnología impera y, bien utilizada, es una herramienta que funciona para minimizar la fuerza laboral, simplificar los procesos y reducir las horas de trabajo, en República Dominicana sigamos no solo siendo un país prácticamente análogo en ese sentido, sino también arraigado a las formas más arcaicas de producción por el simple hecho de que, a mayor burocracia, más mano de obra, más empleos, más seguidores traducidos en más votos.
Contexto
Sí, suena inverosímil, pero es toda una realidad.
Visitar la mayoría de las instituciones gubernamentales es ir un paso al pasado, donde los servidores públicos se distinguían por vivir ahogados en papel; mientras más documentos adornaran un escritorio, cubículo u oficina, más se vendía la percepción de que se estaba trabajando y que más ocupaciones y servicios resolvían.
Conclusión
Evidentemente, no hablamos de la totalidad del espectro estatal, ya que sería una osadía de nuestra parte dar por sentado una totalidad general de un número finito donde, en cuestión de minutos y con unas cuantas llamadas o días y visitas programadas, podríamos hacer un levantamiento cualitativo y cuantitativo de los avances que presentan estas oficinas y dependencias estatales.
Para muchos profesionales, llegar al Estado significaba una pérdida de tiempo; otros lo podían ver como una garantía al futuro, pero quizás los menos lo vieron como una oportunidad de demostrar que podrían realizar los cambios desde las entrañas del dragón indomable de siete cabezas y que se autoconsumía y regeneraba a sí mismo cada cierto tiempo, digamos que cuatro y ocho años.
Creo que dentro de esos ilusos una vez me encontraba yo, no porque fuera un objetivo trabajar en el monstruo, aunque tampoco me cerraba a la idea de poder ofrecer mis servicios y poner en práctica los conocimientos y experiencia que los años me brindan, los cuales es bueno poner a la orden del bien común y poder aportar un granito de arena a la construcción de una mejor sociedad.
Más equivocado no podía estar.
Resulta que el dragón puede cambiar de color su piel, pero sus instintos siempre serán los mismos: autodestruirse y regenerarse para continuar el ciclo.
No importan las ideas que hacia afuera se quieran presentar, las reuniones, encuentros, notas de prensa, lanzamientos y actividades en Palacio, en la institución o en un salón de eventos que se realicen; al final, todo se queda en buchipluma.
Recuerdo el entusiasmo que tenía al llegar al primer año de secundaria, como se conoce hoy en día.
En ese momento era séptimo de primaria, cuando ingresé al Liceo Estados Unidos de América, un lugar inmenso comparado con los colegios en los que había estudiado en mi corta vida.
Uno llega con el corazón acelerado, abierto a conocer a las amistades del futuro, disfrutar del pan de la enseñanza y aprovechar el proceso, que sería el último antes de nuestra vida adulta.
Así llegamos al Estado, con ánimo, deseos de aprender, poner en práctica los años de labor en la institución, instruirse en su nuevo rol y hacer lo que se nos manda, dando nuestro toque, opinión, ofreciendo opciones de mejoras y reduciendo los vacíos de información que en nuestra área es algo fundamental, ya que esa era la línea limitante entre un buen trabajo o el inicio de una crisis de proporciones apoteósicas.
En ocasión de que, como en muchas oportunidades laborales, uno llega a una posición definida, pero el mismo lugar te hace que aprendas diversas tareas que te abran oportunidades dentro y quizás fuera, ser un ente colaborador y dispuesto a paliar cualquier brecha que exista para lograr el objetivo.
De igual modo es en el área gubernamental, donde entras con un puesto concreto y terminas laborando y sumergido en roles totalmente contrarios, muchas veces hasta dando soporte a personajes mejor preparados y hasta beneficiados por demás.
No te quejas, solo vas y cumples las funciones que te encargan cada día porque estamos para resolver y ya.
Así nos pasamos los días, semanas, meses.
Pero ustedes saben que Dios siempre premia el trabajo.
Llega el momento en que recibes una llamada que lo cambia todo, una oferta donde puedes poner en funcionamiento eso que has estado esperando y que, sin pensarlo dos veces, aceptas y das el paso.
Una posición de liderazgo.
Aquí sentimos que hemos alcanzado un escalón en nuestra profesión, donde podremos realmente lograr algún cambio y ese aporte que siempre dijimos que haríamos en cuanto tuviéramos la oportunidad de hacerlo.
Pero la realidad es otra: el dragón hizo acto de presencia, las cabezas no dejaron que las demás extremidades funcionaran como debe ser, ya que las cabezas no podían permitir que esas partes brillaran más alto que ellos.
Nos dieron trabajo, mandatos, seguimiento, aprobaciones, horario extendido, laborar los fines de semana, visitas a todas partes del país, carretera, libertad para preguntar, pero no capacidad de respuesta en muchas ocasiones; trabas, dejadez, personajes que se creyeron la película, el poder ambicioso y controlador, por lo que entendimos que el tiempo que se va no vuelve y más vale tarde que nunca.
Había llegado el momento de poner en pausa nuestro paso por el Estado.
Porque siempre habrá una diferencia entre querer hacerlo bien y no poder.
La inmensa mayoría quiere, pero las cabezas no permiten que así suceda.
Pobre de nuestros pueblos, tan buenos y mal administrados.
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Con información de Listín Diario.

